El bochinche de los ediles

Por ÁLVARO RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ

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El   alboroto   Constitucional   de   1991,   fabricó   participación directa      al   ciudadano.   Que   se   interesara   por   lo   público,   que incidiera en sus propías decisiones, desde un diálogo constructivo.

Su intervención en vivo, sin intermediarios en sus decisiones.

Pero   de   manera   curiosa   e   irrespetuosa,   ciertos   alcaldes en      Pereira,   fueron   corriendo   la   cerca   para   convertirlos   en mensajeros,   en   apéndices,   en   sus   mariscales   de   pacotilla   con sustrato en la politiquería,      y otras arandelas,      muchos      de ellos,   estrujados   por   su   papel   de   nuevos soberanos.

De supremos del territorio ( a propósito, por estos días se realizó otro nuevo aniversario – ya oculto en el tiempo – de la elección popular de alcaldes,      que      vaya,      merece      un      debate      y muchas      correcciones)      con   coronas   de   plastilina   que   ellos mismos moldearon.

Cómo   me   gustaría   ver   hoy   dentro   de   ese   enfoque,   al ciudadano gastando   su   capacidad   cierta   para   ejercer   su poder      primario      en      los cabildos abiertos,  en las iniciativas legislativas,   en   consultas   populares,   en   otros   elementos   con   el poder del voto.

Pero   algo   pasa:   que   comunas   se   queden   sin   ediles.   Que   las votaciones exiguas      sean      suplantadas      por      domésticas      y débil      presencia      en      su territorio.   A   ello agréguele, hastío, desconfianza descreímiento muchas veces, en ese liderazgo que ejercen   –   muchos   de   ellos   –   para   su   hábiles   intereses      y repartijas   que   para   el   bienestar   general,   comunitario   o social.

Hay   fractura   en   muchas   comunas,   porque   el   papel   de   muchos ediles,  va contra las propias acciones que generan.

No   es   extraño,   ahora,   ver   cómo   el   poder   de   quienes ejercen   esos liderazgos   barriales,   cercanos,   legítimos,   se esconden   en   mezquinas alianzas de pesados egos que no inflan propuestas  sino  que disparan  en  la      construcción      de      vida colectiva      en      ese      acercamiento      llamado participación del pueblo.    Por      el      contrario,      mantienen      en      crisis      sus privilegios.      Una      anestesia   alterada   en   la   que   tienen   la oportunidad de incidir. Hay      cadáveres de  cosas          que      se comen      a      la      organización.      Hoy      cada      quien,      en      el aprendizaje   de   muchos   concejales,   se   creen   dueños   de la   parcela.

Emperadores pequeños con metas dispersas. Existe, pues, una peligrosa migración   democrártica,   suplantada   con   otros   intereses     que   han alterado la convivencia y roto la presencia barrial.

Ya no hay control social, mucho menos político. Hay una estampida de saberes canjeados al amparo de silencios. Hay crisis en  los mecanismos de participación. La ciudadanía, incrédula, no interviene. Cada día   se aisla de procesos que ligan comités comunales,  juntas vecinales.

Por eso es menester que los Ediles, revisen sus conductas y den ejemplo probo   que   la   ciudadanía   los   acata   y   respeta   y   que   no   es   –   por   el contrario – el bazar inútil de la democracia, que se juega a diario en el casino miserable de la politiquería. El llamado, pues, es por una sola organización de EDILES

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