
Columna de Opinión
Por ÁLVARO RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ
Graduado como la corbata mayor del Risaralda, se pasea como un rin rin renacuajo por los pasillos Verdes del gobierno Petrista.
Tiene cola desde que trepó haciéndose notorio sobre el dolor de otros o el falso ropaje de “ambientalista sutil”. Del discurso incómodo para medir el aceite de su desprevenida y nueva víctima. Ahora, su consigna es ir ¡por más! Al mayor y al detal, sin ser corregido pese al embuste mayor en un reciente episodio de tierras en su propio terruño. Más grande su corbata y él, que los repetidos yerros de burócrata insigne y perpetuo.
No es que no lo sepa hacer sino que la cola, tal y cual como lo desnudó ante la Asamblea el diputado Durguez Espinoza, en plenaria, lo deja mal parado. Mejor dicho: un ambicioso y trepador social sin escrúpulo alguno, para meterse en cualquier resquicio.
No interesa el costo que sea o la barrasada mayor que promulgue para tapar su caminar de pato. Perdón: de ¡camaleón!
Miguel Uribe, el senador y aspirante Presidencial, lo píntó bien. Montó la caricatura del personaje de marras que está dispuesto a pasar por encima de lo que sea, así sea tapando con mentiras otras mentira y mimetizándose entre el color verde de su traje verde, en un fino camuflaje. Lo malo, ¡es que la cola lo delata!
En Santa Rosa, ya le conocen su traje. La corbata variapinta de Suso. Bogotá le quedó pequeño, para tanto desaguisado en tan poco tiempo. Se perfila como la corbata mayor que sin empacho alguno, vocifera y ataca al menor descuido. No es amigo de nadie. Su mera presencia, alerta.
Falta preguntarle por quien votó para la gobernación pasada, estando de alcalde y la respuesta es que traicionó a unos y otros. Sin vergüenza alguna que no conoce y sin ladrillo donde repose el resto de sus vociferaciones sórdidas en pos de unos y otros. Traicionó. Fue en busca de escenarios que rayan con la política espesa y grosera. De doblar y escalar de manera siniestra.
La intervención de Durguez, ante la Asamblea, quien aspira a la Cámara y al que le saldrán al paso finos roedores, estrujó la lógica que se cierne con el talante forrado del personaje que deambula insultando, atacando y emboscando.
Un ambientalista de bejuco. De vitrina. De circo. Que moja su verbo con tal de sacrificar lo que sea. Se vio de manera reciente en su amada Santa Rosa, a la que casi hipoteca como renta perpetua, oprobiosa, de su desaforado accionar politiquero.
Nos jodímos, con este nuevo Apóstol al que le salímos a deber, pero al que estamos dispuestos a pisarle la cola, cual rin rin renacuajo aunque sea ¡muy tieso y muy majo! No explica uno el silencio cómplice del partido que lo abriga en su descubierto estómago. Ojo, que ¡el muira embiste!
